Después de algo más de tres años de parón, retomo el blog. Durante este tiempo hemos seguido elaborando lotes de diferentes estilos de cerveza e incluso nos hemos metido en nuevos fermentados, sobre los que también tengo intención de escribir. Pero, por unas cosas o por otras, no encontraba ni el tiempo ni la motivación para el blog. Sin embargo, ahora he decidido volver a publicar entradas para seguir compartiendo nuestras experiencias. Para este retorno, he elegido una entrada sobre una Berliner Weisse tradicional, que ha sido, sin dudarlo, uno de los proyectos que más ilusión me ha hecho entre todas las cervezas que hemos elaborado y que se quedó a medias allá por 2022, el año de su elaboración. Vamos allá.
Desde hace mucho tiempo tenía en la cabeza elaborar una Berliner Weisse. Pero quería hacerlo de la forma en la que se elaboraban las auténticas Berliner Weisse, en su versión histórica, en la que comparten protagonismo Saccharomyces, Brettanomyces y Lactobacillus. Y es que, quizás, sea éste uno de los estilos que, a día de hoy, más ha perdido su esencia respecto a la versión histórica. Hoy en día hay muchas cervezas ácidas que se presentan como Berliner Weisse, a menudo con fruta añadida de una u otra forma, que están lejos de lo que solía ser una Berliner Weisse. Sin embargo, en su versión histórica y al menos por lo que había leído sobre ella, una aparentemente simple receta daba lugar a una cerveza poco alcohólica, refrescante y, al mismo tiempo, llena de sabor.
Como otras veces, haré un resumen de todo lo leído sobre la Berliner Weisse histórica que luego aplicamos en nuestro proceso de elaboración. Hay mucha más información fascinante sobre el tema que desde luego merece la pena y que no cabe aquí, así que también pondré enlaces útiles para aquellos que quieran profundizar más. Además, desde esta entrada, la elaboración y el resultado final de la cerveza elaborada estarán juntos, con lo que no habrá entradas sobre elaboraciones y, más tarde (muchas veces mucho más tarde) entradas de catas. De esta forma creo que queda todo más ordenado y será más fácil de seguir.
La piedra angular sobre la que giró todo el diseño de nuestra receta y proceso de elaboración fue esta entrada en el blog Wilder Wald, de Benedikt Koch, en la que éste hace una interpretación de una Berliner Weisse histórica con unos pequeños ajustes para adaptarla al presente. Benedikt es un apasionado investigador sobre el estilo (estaba escribiendo un libro sobre el tema, espero que todavía siga adelante), y también protagoniza otra de las fuentes principales de información para esta entrada. Es el episodio 6 del podcast de Milk The Funk, imprescindible grupo en Facebook para todos aquellos interesados en fermentaciones alternativas. En dicho episodio hablan de la historia de la Berliner Weisse, además de proporcionar consejos para su elaboración hoy en día. Otra fuente de interés, sobre todo en detalles históricos, es el libro Weisse!, del gran historiador cervecero Ron Pattinson. Por último, hay varias conversaciones en el anteriormente citado grupo de Milk the Funk sobre el estilo que tienen gran cantidad de información y curiosidades, como por ejemplo el trabajo de aislar cepas de Brettanomyces a partir de botellas de hace ¡¡40 años!! de diferentes marcas de Berliner Weisse por parte de la gente de Escarpment Labs (precisamente la que usamos nosotros es un ejemplo). Mi sugerencia, ir a la página de entradas destacadas de la wiki de Milk The Funk y buscar Berliner Weisse en la misma. Tendréis horas para leer si os gusta tanto el tema como a mí.
Una vez que ya tenemos enumeradas las fuentes, vamos al grano. Lo primero de todo es definir cómo sería esa Berliner Weisse histórica. Al menos, una serie de características generales, ya que, como en todos los estilos, siempre habría variaciones de unas cerveceras a otras. En líneas generales, la versión histórica de la Berliner Weisse sería una cerveza de trigo baja en alcohol, sobre un 2,5%-3,5%, con hasta un 75% del grano proveniente del trigo. Estaría fermentada por una mezcla de microorganismos entre los que estarían levaduras Saccharomyces y Brettanomyces y bacterias del género Lactobacillus y, en ocasiones, también del genero Pediococcus. En los siglos XVI y XVII se consumía fresca, recién elaborada. Entre los siglos XVIII y XX la acidez se convirtió en una característica principal del estilo. En este periodo la aparición de las botellas dio lugar a la maduración en frío (lagering) de las Berliner Weisse por parte de los responsables de los locales donde se vendía. Esta maduración podía ir desde unas semanas hasta años. El producto final, una cerveza de color pajizo, clara, con buena espuma y una carbonatación elevada, con una acidez agradable y contenida, un aroma similar a melocotones y albaricoques y un retrogusto a pan o grano, además de una sensación de boca cremosa.
En cuanto a los ingredientes, poca complicación con los granos. Un 70% trigo y el 30% restante malta pilsner. Esta relación parece proporcionar una agradable sensación en boca, sobre todo teniendo en cuenta el bajo nivel de alcohol final. El trigo que se añade es mejor que tenga un alto nivel de proteína y que esté poco modificado. Como no es fácil conseguir este tipo de malta de trigo, Benedikt Koch propone dividir el trigo a añadir en dos partes, siendo la mitad malta de trigo y la otra mitad trigo torrefacto. Este último no está malteado, se produce sometiendo trigro crudo a aire caliente entre 400ºC-415ºC durante 30-40 segundos, de forma que se consigue pregelatinizarlo. Al adicionar el trigo de esta forma se simulan las maltas poco modificadas de la época, promoviendo así una sensación en boca cremosa y una mejora en la retención de la espuma
Para el perfil del agua la recomendación es tener, aproximadamente, 100 ppm de calcio, 50 ppm de cloruro y 100 ppm de sulfato, aunque también se puede ir a una relación 2:1 de clouro:sulfato para una sensación en boca más cremosa.
Sobre el lúpulo, poca cosa. Inicialmente, lo mejor es apuntar a unos escasos 2 IBUs, para no impedir a las bacterias Lactobacillus ejercer su papel de productoras de ácido láctico. En posteriores elaboraciones con el mismo cultivo se podría subir a unos 7 IBUs. Para conseguir estos IBUs y, como ya veremos luego que el mosto no se hierve, hay que hacer una pequeña decocción para hervir el lúpulo que utilicemos y que se puedan isomerizar los alfa ácidos. Benedikt también aconseja, con el fin de mejorar la retención de espuma, añadir un pequeño dry hop al final de la fermentación.
Dejaremos para el final una de las claves de la elaboración, la inoculación mixta de levaduras y bacterias, para hablar antes sobre el proceso. Básicamente del macerado ya que, como he comentado antes, para esta elaboración no habrá hervido. El el episodio de Milk The Funk sobre la Berliner Weisse, Benedikt recomienda utilizar un macerado similar al Hochkurz (60 minutos a 65ºC y 20 minutos a 72ºC), con un pequeño paso extra anterior en el que mantendremos el trigo torrefacto (junto con una pequeña parte de la malta de trigo) a 35ºC durante 10 minutos. Este paso inicial favorecerá la solubilización de proteínas, lo que debería mejorar la retención de espuma. El resto de pasos, a 65ºC y 72ºC, buscan alcanzar un mosto altamente fermentable, cuyo propósito es doble. Por un lado, que la cerveza termine antes de fermentar y por otro que, al estar compuesto el mosto en su mayoría por azúcares simples, la levadura Saccharomyces dejará menos alimento tanto al Brettanomyces como al Lactobacillus. Esto provocaría, según la teoría de Benekikt, que la cerveza final tenga un carácter menos ácido y funky, ya que el Brettanomyces tendría en estas condiciones una actividad más centrada en sus esterasas, que transformarían tanto el ácido láctico producido por el Lactobacillus como el ácido acético de su metabolismo en los ésteres etil lactato y etil acetato que darán ese característico aroma y sabor de las Berliner Weisse.
Tras un mash out de unos 10 minutos a 75ºC-78ºC, la recomendación es no hervir. Se puede subir a 85ºC durante unos 10-15 minutos con la intención de pasteurizar el mosto. Puede utilizarse otra temperatura algo más alta durante menos tiempo, pero sin llegar a hervir. Esto hará que tengamos al final un sabor como a masa de pan o grano crudo, además de dejar más proteínas para la espuma. También hará que el color final sea el de una cerveza con un color pajizo muy claro.
Pasamos ahora a lo que, probablemente sea el paso clave, la fermentación. Empezando por los microbios que fermentarán el mosto que hemos preparado anteriormente. La levadura Saccharomyces que elijamos debería ser no fenólica y que no aporte demasiado carácter. Una cepa ale de origen alemán podría ser una buena opción. En cuanto a las bacterias, dentro de los diferentes tipos de Lactobacillus, es conveniente elegir uno que tenga cierta tolerancia a la inhibición que provocan los iso-alfa ácidos en este tipo de bacterias. Lactobacillus brevis puede prosperar hasta unos 10 IBUs aproximadamente, con lo que sería una de las mejores alternativas. Por último nos queda el Brettanomyces, que en diferentes estudios sobre el estilo se ha descubierto que es un actor fundamental. Ya hemos visto antes que no buscamos aquí ese típico carácter Brett de muchos estilos de cerveza, como por ejemplo las lámbicas, con ese toque funky. La selección de cepas es importante para esto. Brettanomyces claussenii y Brettanomyces anomalus son las más adecuadas para el estilo. Las cepas de Brettanomyces que han sido aisladas de botellas antiguas de auténticas Berliner Weisse que he comentado al principio de la entrada son, desde luego, la mejor opción si podéis conseguirlas.

Estárteres de Lactobacillus Brevis (izquierda) y Brettanomyces anomalus (Berliner Brett I) (derecha)
Con todo lo descrito arriba, ideamos esta receta y proceso para nuestra versión histórica de la Berliner Weisse.
BERLINER BRETT VERSIÓN HISTÓRICA
MALTAS/GRANOS
0,66 Kg (34,4%) de malta de trigo clara (Weyermann) (3,0 EBC)
0,66 Kg (34,4%) de trigo torrefacto (Muntons) (4,5 EBC)
0,60 Kg (31,2%) de malta pilsner (Weyermann) (3,3 EBC)
LUPULOS
5,00 g de Tradition (Queen Country) (5,50% AA) en pellets (hervido 8 minutos en 2 litros de macerado, granos incluidos, 2,0 IBUs al devolver al mosto principal)
LEVADURAS/BACTERIAS
SafAle German Ale K-97 (Fermentis), un sobre de 11,5 g
Berliner Brett I (Escarpment Labs) (Estárter a partir de un sobre en unos 600 mL de mosto con 50% extracto de malta seco y 50% dextrosa
Lactobacillus Brevis (White Labs WLP672) (Estárter a partir de un vial en unos 500 mL de mosto a partir de extracto de malta seco)
DATOS NUMÉRICOS TEÓRICOS
Volumen: 12,00 L DO: 1,032 DF: 1,000 %Alc: 4,2% IBUs: 2,0 Color: 5,2 EBC BU/GU: 0,064 Eficiencia: 65,00%
PERFIL AGUA
Ca: 139 ppm; Mg: 3 ppm; Na: 7 ppm; SO4: 79 ppm; Cl: 140 ppm HCO3: 13 ppm
MACERADO
Añadir trigo torrefacto y un poco de la malta de trigo y mantener a 35,0ºC durante 10 minutos
Subir a 65,0ºC en 15 minutos y añadir el resto del grano. Mantener durante 50 minutos
Subir a 72,0ºC en 5 minutos. Mantener durante 20 minutos
Subir a 78,0ºC para mash out durante 10 minutos
Apartar 2 litros del macerado (con el grano incluido) y hervir con el lúpulo
Retirar el grano y subir a 85ºC. Mantener durante 10 minutos y devolver la parte hervida con el lúpulo (sin grano)
FERMENTACIÓN
Tras enfriar a 18ºC y pasar a una damajuana de PET de 11 litros inoculamos todo (Saccharomyces cervisiae, Brettanomyces anomalus y Lactobacillus Brevis) al mismo tiempo. Dejamos la damajuana en el trastero, que tiene una temperatura ambiente de unos 15ºC. Cuatro meses de fermentación en total en este ferementador. Las dos primeras semanas la fermentación fue a 16ºC, subiendo poco a poco hasta unos 18ºC al aumentar la temperatura ambiente, estando a esta temperatura durante unas 6 semanas. Las últimas 8 semanas subió algo más hasta 20ºC. 4 días antes de embotellar añadimos 2 g/L (unos 19 g) de Tettnager en dry hop durante un día.
El trabajo para esta cerveza empezó varios días antes del propio día de elaboración, con la preparación y puesta en marcha de los estárteres de levadura Brettanomyces y de bacterias Lactobacillus. En el primer caso, partimos de un sobre de Berliner Brett I de Escarpment Labs, la cepa de Brettanomyces anomalus ya mencionada antes. Nueve días antes del día de elaboración, preparamos unos 600 mL de mosto de aproximadamente 1,040 de densidad inicial. Tal y como recomiendan la wiki de Milk The Funk, lo hicimos con partes iguales de extracto de malta claro y dextrosa, la mitad de cada componente, y se mantuvo en un matraz con agitación magnética durante 9 días. Tras los dos primeros días, al no observar actividad, decidí poner este estárter a 25ºC, por si la temperatura ambiente era un poco baja. Al cuarto día ya se empezó a ver crecimiento, con el mosto tomando un aspecto más lechoso y turbio, algo que fue en aumento en los días posteriores. El tener un estárter con un número alto de células, según Benedikt Koch, ayuda a que el Brettanomyces no se estrese.
Para el estárter de Lactobacillus, preparamos 4 días antes del día de elaboración unos 500 mL de mosto, con una densidad sobre 1,037, y añadimos un vial entero de Lactobacillus brevis de White Labs (WLP672), el más común encontrado en el estilo. El matraz con este estárter lo mantuvimos a 38ºC dentro de agua en una olla pequeña con un aparato para cocinar al vacío. Durante los cuatro días que permaneció, agitamos de vez en cuando el sedimento que cada vez iba siendo más grande para mantener las células en suspensión.
En las Berliner Weisse también era posible encontrar cepas de Pediococcus, lo que haría la cerveza aún más ácida, pero en esta ocasión decidimos no complicarnos más de lo que ya estábamos haciendo.
El día de la elaboración, a la hora de moler el grano, vimos que el trigo torrefacto era demasiado duro y decicimos molerlo en un molino corona a mano. La malta de trigo y la malta de cebada molimos con el molino de rodillos. Para el grano no nos desviamos para nada de lo recomendado: malta de trigo (35%), trigo torrefacto (35%) y malta pilsner (30%). Para el perfil del agua, lo único que buscamos fue, además de tener un pH adecuado en el macerado (sobre 5,40), fue conseguir un ratio de cloruros:sulfatos de 2:1, para favorecer la maltosidad.
El macerado lo empezamos a 35ºC con todo el trigo torrefacto y una parte de la malta de trigo, mantenido durante 10 minutos, tras lo cual subimos a 65ºC. Llegar a dicha temperatura le llevó unos 10-15 minutos. Cuando alcanzó los 60ºC añadimos el resto de la malta y removimos todo bien. Al llegar a 65ºC, dejamos 50 minutos para, a continuación, subir en unos 5 minutos hasta 72ºC, donde se mantuvo el macerado otros 20 minutos. Finalmente, antes de quitar la bolsa con el grano, subimos a 78ºC, manteniendo 10 minutos. Tras retirar el grano, y con el fin de pasteurizar, hemos vuelto a subir la temperatura por última vez, esta vez hasta 85ºC, dejando 10 minutos. Mientras llegaba a esta temperatura, previamente habíamos retirado unos 2 litros del macerado, con grano incluido, y los hervimos (básicamente una decocción) con algo de lúpulo durante 15 minutos. Este mosto, ya sin grano, lo devolvimos al macerado principal antes de enfriarlo con serpentín de cobre hasta unos 18ºC-19ºC. Para fermentar, pasamos este mosto ya enfriado a una damajuana de PET de 11 litros. En este caso, la densidad inicial quedó exactamente igual a la teórica, 1,032. Para finalizar el día, inoculamos un sobre de SafAle German Ale K-97 y los estárteres completos de Brettanomyces anomalus y Lactobacillus brevis preparados los días previos, junto con una cucharada pequeña de nutrientes, y dejamos la damajuana en el trastero, a una temperatura ambiente de 15ºC.
Al día siguiente, después de algo menos de 24 horas de inocular, ya se había formado un krausen bastante importante, con el airlock burbujeando de forma intensa y la cerveza presentaba un aspecto turbio debido a las levaduras y bacterias en suspensión, tal y como se puede ver en una de las fotos más arriba. El termómetro marcaba 16ºC, temperatura recomendada en el período inicial de fermentación y que, en nuestro caso, se mantuvo durante las dos primeras semanas. A partir de entonces, y debido al aumento de la temperatura ambiental, la cerveza fue subiendo gradualmente hasta llegar a unos 18ºC, temperatura a la que permaneció durante otras 6 semanas. A partir del mes de fermentación, la actividad, al menos visualmente, se redujo bastante, empezando además la cerveza a aclararse.
Al cumplirse los dos meses, la cerveza continuó aclarándose, adquiriendo un bonito colro dorado. En esta fase, la temperatura continuó subiendo, situándose sobre los 20ºC en las últimas 8 semanas de fermentación, para completar 4 meses en total y siendo, hasta entonces, la cerveza con una fermentación más larga que habíamos elaborado. Cuando ya se acercaba el día que habíamos planeado para el embotellado de la cerveza, prácticamente cuando se cumplían los 4 meses de fermentación (menos un par de días), añadimos 2 g/L de lúpulo Tettnager. Esta adición de lúpulo en dry hop fue siguiendo, de nuevo, los consejos de Benedikt Koch, con el fin de mejorar la retención de la espuma. Este lúpulo lo mantuvimos durante un día entero, tras el cual lo retiramos y esperamos dos días más para, por fin, embotellar. La densidad final quedó en 1,000, cifra redonda que nos daba 4,2% de alcohol en nuestra Berliner Weisse. Para la carbonatación, añadimos suficiente azúcar, en sirope previamente hervido y enfriado, para obtener unos 2,9 volúmenes de CO2. Una carbonatación alta, aunque un poco por debajo incluso de lo marcado para el estilo, errando un poco por el lado de la precaución. Asimismo, y para asegurar que la refermentación en botella fuera rápida y buena, añadimos aproximadamente un cuarto de sobre de levadura seca Kolsch, de Lallemand.
Para abrir la primera botella, esperamos algo más de un mes tras embotellar. Si habíamos llegado hasta aquí, tampoco nos costaba nada seguir el último consejo de esperar 1-2 meses tras el embotellado. Era hora de ver si el esfuerzo había merecido la pena.
El aspecto era el de una cerveza de un precioso color dorado, con una espuma muy blanca y bastante densa que, sin embargo, tenía una persistencia media/baja, desapareciendo al poco tiempo. Aunque la foto superior engaña algo, la cerveza tenía una trasparencia bastante alta. En el aroma se notaba una mezcla entre la propia acidez, si es que se puede atribuir esto en el aroma, y unos toques afrutados que recordaban a frutas de hueso. La sensación en boca era muy agradable, con una textura mucho más cremosa de la que la ligereza de la cerveza y su densidad final habrían hecho pensar. Entiendo que, tanto el trigo torrefacto como la alta carbonatación, jugarían aquí su papel. Por último, en el sabor, una acidez clara pero, a la vez, contenida, muy agradable, acompañada de un sabor muy característico a albaricoques, sin olvidar un final en el que también tenía su papel el cereal, dejando un retrogusto que recordaba a pan. Sobre el sabor a fruta, me gustaría comentar una curiosidad para que veáis hasta que punto llegaba esa frutosidad. Normalmente, después de nosotros, nuestro padre suele ser el primero en probar nuestras cervezas. Cuando lo hace, procuro no decirle nada que le pueda influenciar. Y, en esta ocasión, nada más probarla, lo primero que me comentó, sabiendo que en algunas elaboraciones utilizamos fruta, era si habíamos añadido albaricoques en esta cerveza.
Todo esto hizo que quedáramos encantados con la cerveza. Es muy gratificante, después de toda la planificación, esfuerzo y paciencia que supone una elaboración como esta, llegar a un resultado que se acerca mucho a lo buscado. Para ser una cerveza relativamente simple en cuanto a receta, la fermentación mixta que se produce al coinocular Saccharomyces, Brettanomyces y Lactobacillus lleva la complejidad de la cerveza a otro nivel. El hecho de que la levadura Brettanomyces aproveche el ácido láctico creado por las bacterias para transformarlo en ésteres, sobre todo etil lactato, etil acetato y etil propionato, todos ellos con sabores frutales, es un gran ejemplo de cómo, a veces, el conjunto es mucho más que la suma de los factores. Estos ésteres, además de aportar ese sabor a fruta, complementan de forma idónea la acidez de la cerveza. Es curioso que, en ningún momento, apareció ese toque funk, tan característico del Brett en otros estilos. Existen hipótesis al respecto, siendo una de ellas la poca presencia del lúpulo, bien sea durante el hervido (ausente en esta elaboración con la excepción de esa pequeña decocción para hervir unos minutos el lúpulo) o en dry hop. Sin olvidarnos que la especie usada para esta cerveza, Brettanomyces anomalus, es menos propensa a producir este tipo de carácter.
Durante el tiempo que disfrutamos de esta cerveza, ésta evolucionó en parte. Como he comentado en el párrafo anterior, en ningún momento desarrollo ese carácter funky típico del Brett en otros estilos. Y eso que la última cerveza la bebimos dos años después de la elaboración (se me quedó esta botella escondida en un armario). Los cambios más importantes se dieron en el sabor y el aroma. Los ésteres que recordaban a albaricoques durante las primeras semanas dieron paso poco a poco a un carácter más hacia manzana. También se incrementó, aunque no de forma muy marcada, la acidez. Estos dos cambios hicieron que, tras unos pocos meses, la cerveza tuviera ciertas reminiscencias de sidra, particularmente sidra vasca. He de decir que, aunque mi preferencia se inclina más sobre la cerveza de los 2-3 primeros meses, los cambios no me pareció que empeoraran la cerveza, si no que le simplemente le hicieron evolucionar hacia otras características igualmente disfrutables. Seguramente, cuando encontremos tiempo y ganas para ello, volvamos a elaborar este estilo de forma tradicional, porque el resultado merece muchísimos la pena.





































